¡Oh! que amor es aquel que nos ha dado el Padre a través de su hijo Jesús. Al leer el texto bíblico de hoy en Hebreos 10:24, lo primero que vino a mi mente fue el más grande acto de amor que recibimos del Padre a través de su Hijo, ¡nuestro Señor Jesucristo!.

Y, ¿cómo ignorar esta exhortación hecha para todo aquél que conoce al Padre celestial y a su Hijo? pues aún en medio de un mundo pervertido la única solución para encontrar la plenitud de gozo resulta ser “dar amor” y no como el mundo erróneamente enseña “solo recibirlo”.

Hace unos días una persona me dijo que se encontraba triste, sin aliento y sin ganas de seguir adelante con su vida, derivado de una serie de problemas que enfrentaba en su salud, en su familia y en su trabajo. Se encontraba triste porque descubría un mundo y una sociedad diseñada para destruir todo lo bueno y agradable que una persona puede tener en su corazón; un mundo corrompido al que no le sorprende la violencia, ataques a las familias, a los niños, a las mascotas, o a la propia naturaleza.

Una sociedad que normaliza noticias de robos, secuestros, asesinatos, gente desaparecida o abusos sistemáticos de las propias autoridades. Y es que nos acostumbramos incluso, a la presión social de aceptar situaciones con las que no estamos de acuerdo, con la finalidad de ser aceptados para lograr una felicidad instantánea, lo que a la larga se traduce en más depresión.

Esa situación de desesperanza, solo puede ser combatida con la palabra de Dios, que nos estimula a realizar entre nosotros y hacia el mundo, actos de amor, que se traducen en la fuerza necesaria para resistir la tristeza y la maldad tan comunes en las sociedades. Las buenas obras, llenas del amor y recibido de Jesús, al que hemos conocido, y dirigidas a aquellos sin esperanza, puede representar una pequeña luz cálida, que en el corazón se convierte en un sol y manantial de salvación, porque los actos de compasión que se nos anima a realizar dirigidos a otros, muestran el testimonio de haber conocido a Jesús quien nos dió el maravilloso regalo de la Salvación por la eternidad, el cual es el mayor acto de amor y de gracia, que Cristo Jesús hizo por nosotros al entregar su vida para darnos acceso a una eternidad plena.

Esa esperanza, a la que fuimos llamados, se refleja en la calidez de mostrar amor. Realizar buenas obras y estimularnos entre nosotros demuestra compasión, la misma compasión que recibimos del Padre al no escatimar a su propio Hijo por amor a la humanidad.

¿Quién no se sintió alguna vez sin esperanza, perdido y sin solución? Fue sólo el acto de amor más grande del Universo el que nos rescató del temor y del miedo, de la desesperanza y del dolor.

Yunuen Cuayahuitl Sánchez