Nunca has estado en la hora de la comida o en el “brunch” o simplemente tomando el cafecito con tus amigos, compañeros, o familiares y directa o indirectamente sale un tema que sin darte cuenta empieza a agarrar forma de chisme y mientras más se avanza en la opinión más vas agarrando forma y disponibilidad a que todos opinen como expertos en el tema sobre alguien o algo hecho o implementado por alguien, concluyendo con algo desvalorado y sin intención de mejora, y, riéndote de ello por solo dar tu comentario o lo que tú “crees” u “opinas” al respecto, pero con un sentimiento de ego inflado o de desquite que tú sabes que lo estás haciendo pero como se están riendo o “pasándola” bien en la hora del “chismecito” no lo notas a simple vista, pues eso es lo que Santiago 4:11 nos exhorta o aconseja a cuidarnos.

Pero veamos la raíz de la existencia del “chismecito” realmente es una posición que sin darnos cuenta tomamos al querer “jugar a ser Dios” en la vida de otros, es de imaginarte que eres superior a otros cristianos, dándote el derecho a menospreciarlos de muchas formas. La persona, que toma “el rol de Dios” se vuelve en la “criticona calificada” asumiendo una posición de superioridad, que no le corresponde.

La Palabra de Dios nos da varios ejemplos, tanto en el Antiguo Testamento, como en el Nuevo, de lo que significa hablar mal de otros: Aarón y María que hablaron en contra de Moisés porque se había casado con una mujer cusita, extranjera; el pueblo de Israel que habló en contra de Dios cuando se quejó acerca de sus condiciones en el desierto; los amigos de Job que hablaron en contra de Job, insultándolo e hiriéndolo con sus palabras.

Santiago sugiere que los cristianos que “hablan mal” de sus hermanos o hermanas en Cristo, se incluyen ellos mismos, a este grupo bíblico de murmuradores rebeldes, quejosos, insultadores, y calumniadores. Así es como funciona la cosa. Tú hablas mal de otra persona al oído de la persona que te está escuchando, con la esperanza de disminuir la estima de esa persona, y en medio de todo, con la esperanza de hacerte lucir mejor. Por supuesto, que para lograrlo, tienes que disimular tus malos deseos, con sentimentalismos, tales como: “Bueno, dime si estoy equivocada, pero…” O, “No quiero sonar criticona, pero…” O, “A lo mejor no debiera decir esto acerca de él o ella, pero…’ O, hasta decir, “Realmente, la fulanita me cae muy bien como persona pero”.

Es como aquel ejemplo sobre subir a un cerro con una almohada de plumas. Si descocemos la funda y la sacudimos, dejando que el viento se lleve las plumas por doquier, nunca más podremos recuperarlas.

Así igual es el chisme, es muy fácil desparramarlo, pero es imposible traerlo de regreso. No cuesta nada divulgar un rumor falso, pero nunca podrás deshacerte del daño completamente. Durante la época de Santiago, los creyentes se juzgaban y hablaban mal el uno del otro. Como creyentes debemos de seguir “la verdad en amor”; y no debemos mentir ni obrar con malicia, ni con espíritu de rivalidad. Beth Moore dijo: “Nosotros, la iglesia de Cristo, tenemos la apremiante necesidad de desarrollar Su corazón y mente ante temas como estos”.

El problema es que a nosotros nos encanta sentarnos en la silla del juez, y pronunciar sentencia contra todos aquellos, que nosotros pensamos, que han pecado. La Escritura nos ordena a que no juzguemos, ni condenemos a nadie.

El verdadero problema de juzgar a otros es que estamos tratando de hacer un papel que no nos toca. Santiago nos recuerda que “La ley la ha dado Uno solo, el cual tiene poder para salvar y destruir.” Solo Dios puede juzgar las acciones y motivaciones de una persona, sin equivocarse, sin hipocresía, y sin odio, ni resentimiento.

Por esta razón, Jesús oró así: “Para que todos sean uno; como tú oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que Tú me enviaste.”

Oscar Leija Jr.