Dios, en el llamado que nos hace en el primer versículo de este mismo capítulo, nos exhorta a tener un carácter de humildad y mansedumbre en su totalidad. Nótese que al versículo le antecede las palabras “con toda”, lo cual quiere decir que Él no espera de nosotros actos esporádicos y ocasionales, sino que sean de manera constante en nuestras vidas.
Y esto a fin de cumplir con la encomienda “soportándoos con paciencia los unos a los otros”. De entrada, la humildad y mansedumbre se tratan de actitudes que no afloran naturalmente en ninguno de nosotros, sino solo el Espíritu puede darnos la capacidad de actuar de este modo. Son virtudes engendradas en la vida del cristiano por la obra del Espíritu, y vida que ha sido transformada al recibir el evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

¿Pero qué entendemos por humildad y mansedumbre? Humildad, según el diccionario Larousse, deriva de la palabra humilde que significa “que se rebaja voluntariamente”. Siendo Cristo Jesús el mayor ejemplo de humildad, tal como lo describe Pablo en su carta a los Filipenses en el capítulo dos en sus versículos 3 al 8 (le invito a leerlo), donde describe que dejó su deidad para tomar la condición de hombre, y por obediencia al Padre se humilló aún más, poniendo su vida en esa cruz en rescate por todos nosotros.
Consideremos sencillamente la enorme distancia existente entre su lugar en los altares celestiales, bajar a este mundo en tinieblas y rebajarse por su propia voluntad a la altura del hombre en su condición pecaminosa; eso es, ha sido y será un incomparable acto de humildad.
Ahora, con respecto a mansedumbre, según el diccionario Larousse significa “suave, apacible”. De hecho, el Señor Jesús usó esta palabra para definirse a sí mismo en Mateo 11:29.- “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Debemos contemplar a Jesús y la manera en que se relacionó con otras personas, como la mujer samaritana o sus propios discípulos, tratando a todos con respeto y genuino aprecio, sin hacer diferencia entre ellos por causa de su raza, religión, género, clase social o títulos.
Y es así que la presencia de estos dos frutos del Espíritu en nuestra vida nos ayudarán a cumplir con esa preciosa encomienda de aceptar a los demás tal y como son, sin querer que sean o se comporten como a nosotros nos agrada. Haciéndolo con una actitud tolerante y paciente, y por sobre todo, realizarlo con ese amor que nos enseña en su palabra: un amor que es sufrido, es benigno, no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Corintios 13:4-7).
Jacinto Ortiz


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