Cuando nada va bien y Dios parece haberse olvidado de nosotros

Habacuc: 3:17-19

17Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; 18con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. (Habacuc 3: 17-18)

El profeta Habacuc inicia el libro con la gran interrogante de porque Dios no obra en favor del pueblo en esclavitud y se queja de la injusticia. Sin embargo, al seguir leyendo, observamos un gran cambio de actitud; la queja se transforma en una esperanza tan grande, que llega a decir que se gozará en el Dios de su salvación, aun y que no haya fruto en su tierra, ni sustento en su casa.

Creo que todos los que hemos creído en Jesucristo como nuestro único y suficiente salvador, hemos pasado por momentos de dificultad donde nada va bien y en los que pareciera que Dios ya no nos escucha, que Dios ya no nos responde, que Dios no nos quiere o que Dios ya nos dio la espalda. Comenzamos a dudar y nuestra alabanza, nuestra adoración, nuestra constancia, nuestra lectura, nuestra oración, nuestra fe, toda mi vida cristiana empieza afectarse por mi sentir, por mis emociones, por mi temor, por mi incertidumbre. Hasta podríamos caer en la tentación de empezar a buscar “atajos” ignorando la ley.

Cuando pasemos por una situación como esta, reflexionemos en dos cosas:

1.- Analizar si mi circunstancia no es consecuencia de mis acciones, de mis decisiones equivocadas o de mi pecado (Gálatas 6:7). Si es así, debo buscar a Dios, arrepentirme y aferrarme a la gracia y misericordia de Dios aprendiendo de ello y seguir caminando por fe.

2.- Considerar si mi fe no está siendo probada (Salmos 66:10, 1 Pedro 1:7). Si es así, hay que recordar que Dios no nos dejara pasar por algo que no podamos soportar (1 Cor. 10:13) y hay que recordar que al resistir la prueba recibiremos la corona de la vida (Sgo. 1:12).

3.- Una reflexión final: Imaginemos que lo único que hizo Dios por nosotros es la salvación de nuestra alma al enviar a su unigénito hijo a morir en nuestro lugar en la cruz; si el resto de nuestra vida Dios no moviera ni un solo dedo por nosotros. Esa única obra a nuestro favor sería totalmente suficiente como para decir: “…con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”. Si en los momentos donde Dios parece ausente, recordáramos la grandeza de lo que Él ya hizo por nosotros, tal vez sería suficiente como para no desesperar y para no angustiarnos y en lugar de eso, regocijarnos por la salvación de nuestra alma.

Roberto Tamez Iracheta