Habitemos en su Refugio
Salmo 91:1-16
Recuerdo que era febrero y hacía frío en la ciudad de México. Estábamos ansiosos por encontrar algún grupo caminando hacia lo que era conocido en toda la CDMX como la “casa del migrante”. Nosotros, apenas unas 15 personas en 4 carros, queríamos simplemente ofrecerles un poco de alimento para su camino y orar por ellos. Así comenzamos un esfuerzo que duraría por varios años en nuestra iglesia para el servicio de los migrantes. Recuerdo que en ese primer sábado cuando finalmente encontramos a una pequeña caravana de migrantes allá por el norte de la CDMX, nos orillamos, les pregunté si eran migrantes y si fueran tan amables de aceptarnos unos “lonches” para el viaje y orar por ellos. En nuestro grupo venía una pareja de abuelos que ese fin de semana les tocó cuidar a la nieta de apenas unos 10 meses de edad. Cuando nos bajamos para repartirles el refrigerio y orar por ellos, noté que uno de ellos se quedó viendo fijamente a la bebé y sin mucho pensarlo se fue corriendo hacia ella. Admito que mi primera reacción fue de ponerme entre la bebé y el muchacho, pero cuando vi sus ojos supe que no debía estorbar. Sin decir nada, con los ojos llenos de lágrimas y su boca temblorosa pidió con gestos cargar a la bebé. La tomó en sus brazos, la abrazó, lloró, abrazó a los abuelos, dio las gracias y a todos nos quedó claro que, en ese momento, experimentó un poco del calor de su propio hogar. Luego entendimos que él también tenía una bebe menor de un año que tuvo que dejar para emprender el viaje hacia un mejor futuro. Nunca se me va a olvidar la expresión de ese muchacho al encontrar esa clase de refugio en el abrazo de una familia amorosa.
El Salmo 91 es uno de los salmos más poderosos cuando se trata de entender el cuidado y la protección de Dios para sus hijitos. Desde el inicio, el salmo establece una imagen de cercanía y seguridad al referirse a la “sombra” del Omnipotente. “El que habita al abrigo del Altísimo se acoge a la sombra del Omnipotente” (Salmo 91:1 NTV). Habitar en la sombra del Omnipotente significa que estamos bajo el cuidado constante de Dios, rodeados por su gran poder y amor en el contexto de una invitación a depender totalmente hacia él, como un pequeño en los brazos de su padre.
Sin embargo, me quisiera enfocar en el versículo 5 donde nos enseña que no debemos temer al “terror nocturno, ni a la flecha que vuela de día” (Salmo 91:5). Esta expresión denota dos tipos de miedos comunes en nuestra vida cotidiana: los miedos que surgen en la oscuridad (temores internos, emociones, ansiedades) y los miedos visibles (los problemas reales que enfrentamos en el día a día). Dios promete protección tanto de lo que no vemos como de lo que sí vemos, de lo que nos consume por dentro y de lo que nos afecta por fuera.
Cada vez que vienen a mí, aquellos temores internos, o que me siento abrumado en lo físico, recuerdo cómo Dios usó a una familia para brindar un poco de su amor a un padre lejos de los suyos en un camino lleno de amenazas hacia la promesa de un mejor futuro. Nuestro Dios es omnipotente y soberano. Demos gracias a Dios porque a través del sacrificio de Jesucristo, podemos gozar de la protección omnipotente de un Dios que está por encima de todo designio e imposibilidad humana. Es hora de creerle más. Es hora de confiar en él más. Es hora de decirle a nuestra alma que debe someterse a su cobijo y aprender a confiar más allá de lo que nuestra visión finita y falible alcanza a ver. Es hora de habitar en su refugio. Confiemos en nuestro Omnipotente Dios.
Con amor para mis hermanos y hermanas.
José Luis Arellano Ortiz


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