Una vez que somos salvos, el milagro maravilloso del nuevo nacimiento te lleva a experimentar una transformación; no más vivir para el mundo ahora vivo para Dios.

El pasaje menciona mandamientos de Dios para la vida práctica, para el diario vivir de los que ahora están en Cristo; las cosas que como cristianos, hijos de Dios, debemos hacer por obediencia a Dios. Aquí surge entonces una pregunta: ¿Cómo luce un verdadero creyente?

Un verdadero creyente no es un ser angelical perfecto, es un ser humano que ahora experimenta una transformación por la obra de la santificación que hay en él. Debemos recordar que sin santidad nadie verá a Dios. Por eso hay que preguntarnos: ¿Ahora que tengo a Cristo en mi corazón, cómo debo vivir?

Hay un estilo de vida de acuerdo con la Palabra de Dios. Él ha hecho todo para darnos salvación y vida eterna y una vez que le conocemos como Salvador; Él demanda de nosotros obediencia. Hay que dejar de hacer lo que no le agrada a Dios. Nuestra vieja naturaleza estaba viciada en sus delitos y pecados.

Pero ahora Dios nos ha hecho nueva criatura, la vida del creyente es una constante lucha por dejar de hacer lo malo y hacer lo bueno. Fuimos creados para buenas obras desde antes de la fundación del mundo aún no existías y Dios ya había hecho buenas obras para que anduvieras en ellas. Como nueva criatura, dije que Dios demanda obediencia a sus mandatos:

1) Despójate de ese vestido viejo, sucio y manchado por los delitos y pecados.
2) Renuévate en el espíritu de tu mente y llena tu vida de la Palabra de Dios.
3) Revístete, ponte tu nuevo vestido bordado magistralmente de justicia, santidad y verdad. Jesucristo que es nuestro ejemplo dijo: “Yo soy la verdad”, así que debemos andar como Él anduvo.

Y como una respuesta que surge de un corazón agradecido por esa salvación tan grande, tomemos el dominio propio y la templanza y obedezcamos a Dios y dejemos de mentir. Esto es algo que tu debes decidir dejar de hacer, desecha la mentira, la falsedad, las medias verdades, el no decir las cosas y ocultar la verdad, las exageraciones, la difamación, los chismes, la crítica destructiva.

Recuerda el padre de la mentira es Satanás y la mentira es pecado y produce muerte. Si ahora tú Padre es Dios, habla con la verdad; por difícil que te parezca es mejor agradar a Dios que a los hombres y allí encontrarás bendición. Debemos hablar la verdad con nuestro prójimo; las mentiras hacen mucho daño.

En el cuerpo de Cristo, la Iglesia, cuando un miembro miente todo el cuerpo se duele, debemos hablarnos con la verdad; como cuerpo de Cristo debemos estar unidos en un mismo sentir, hablando cosas que agraden a Dios. Diga la verdad, deseche la mentira y deje el resultado al Señor porque él tiene cuidado de nosotros.

Vale la pena dejar de mentir, hablar con la verdad sana heridas y trae paz al corazón; experimentar de manera personal la obra del Espíritu Santo convenciéndonos de pecado y guiándonos hacia la verdad, produce en nosotros un arrepentimiento genuino que da fruto, obras dignas de arrepentimiento genuino, como dejar de mentir.

Celeste Godínez