Mi gloriosa debilidad
2 Corintios 12:1-10
Cuando el Señor decide manifestarse en algo, con alguien, definitivamente lo hace con bombo y platillo. La revelación que da, los milagros que realiza, las obras donde se manifiesta son definitivamente impresionantes; lamentablemente, hay personas que piensan que son especiales o que tienen alguna relevancia porque a través de ellos el Señor se ha manifestado. Pablo nos enseña que en nada nos vale sentirnos especiales, puesto que todo lo que ocurre y todo lo que podemos ver, viene directamente del Dios creador del universo.
Pablo entendió que, como siervo del Señor, se envanecería y podría llenarse de soberbia a partir de las revelaciones que le fueron dadas de parte de Dios; pero lejos de que eso ocurriera así, comprendió que tenía un aguijón en su carne, un mensajero de Satanás, para hacerle entender que no había dejado de ser humano sujeto a pasiones, con una carne que lo inclinaba a las cosas del mundo. Por eso también entendió que su ministerio, su vida y en todo dependía directamente del Señor.
Como siervos, esa debe ser nuestra mentalidad, pero no todo es tristeza; ciertamente, no somos autónomos, dependemos de alguien más. Por fortuna ese alguien del que dependemos, es magnánimo, supremo, amoroso y lleno de misericordia, al punto siempre está al pendiente de nosotros. Nos levanta si caemos, nos limpia de nuestros pecados, pero sobre todo, tan grande ha sido su amor que nos redimió y restauró la relación entre Dios y el hombre, estableciendo como único mediador a Jesucristo.
Por eso, si nosotros reconocemos nuestras debilidades, frenamos la tentación y aceptamos la aflicción. Nos hacemos fuertes, pero no porque seamos dignos ni buenos, sino porque Dios tiene todo en control. Siempre ha estado ahí y siempre estará; como nuestro Señor y salvador, muestra que esas aflicciones son para hacernos crecer. Además, la tentación es resultado de nuestra propia concupiscencia. Con todo esto, Él no se ha apartado de nosotros, además muestra su amor y protección para nuestra vida al perdonarnos y fortalecernos y al capacitarnos para resistir al saber que lo tenemos a Él. Por eso en el pasaje estudiado dijo: “…bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad…”.
Reconocernos débiles y dependientes, es lo que nos hace fuertes, no por nosotros mismos, sino porque tenemos el amor del Señor Jesucristo. Él es inmutable, es perfecto y ha prometido que estará con nosotros.
Hnos. José Luis Torres Jaramillo y Carmen Yunuen Cuayahuitl Sánchez


Deja tu comentario