Muchos de nosotros conocimos la historia del gran William Wallace -quien peleó contra la ocupación inglesa en Escocia-, a través de la gran interpretación del Actor y Director Mel Gibson en la aclamada “Corazón Valiente”. Una de las partes más dramáticas de la película es cuando “Robert The Bruce” traiciona a William Wallace mientras defiende ¡Al Rey de Inglaterra! A todos nos indigna esa escena porque representa una traición por el poder, la ambición, y el ego. Cuando vemos la película, decimos “Yo jamás haría eso”. Y quizá no lo hacemos tal cual, pero hacemos algo similar.
Cuando señalamos, denostamos, criticamos y hablamos mal de nuestros hermanos de la fe, participamos de algo terrible. Desde el atuendo, hasta los pecados que les conocemos o las fallas que cometen, las razones sobran para hablar mal de los hermanos. El problema no es que nos percatemos de lo que bajo un criterio bíblico pueda o no estar bien. El problema es que pronto empieza a surgir una distancia que no debería existir entre dos personas que supuestamente son “hermanos”.
Lo peor es que esto sucede casi de manera natural, no hay ni siquiera que esforzarse para criticar al hermano, porque en realidad todo el mundo es así. Las críticas, las divisiones, la polarización y el odio abundan en todos lados y se convierten en lo “normal” e incluso “aceptable” en donde quiera que estemos. La Biblia dice: “no se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su entendimiento…” Romanos 12:1-2 NVI.

La vida cristiana -enseña la Biblia – tiene que ver con decisiones valientes para romper el molde de odio, de maldad y de muchas otras evidencias de pecado que hoy por hoy son lo “normal” y lo común. Es pues, en ese contexto de romper el molde -de odio y de muchos otros pecados-, que Dios nos hace un llamado bien puntual: “Ámense unos a otros con afecto genuino…” 12:10a. Lo interesante aquí es que el término en el idioma original que se traduce como: “amor genuino”, es una palabra que usamos en nuestro lenguaje. “filadelfia” es la palabra, y describe una clase de amor fraternal que se “nutre” o se fomenta desde el seno familiar y por ende impulsa la unidad.
Adicionalmente, el versículo “aterriza” esa instrucción de amarnos -con esa clase de amor “filadelfia”- en algo todavía más específico. Dice la Biblia “Deléitense al honrarse mutuamente” 10b. Y esto se convierte entonces, en una instrucción bien poderosa para aquellos creyentes llamados a romper el molde.
Honrar a los hermanos de la fe, es reconocer y apreciar a un hermano que fue igualmente rescatado de las garras del infierno por amor y gracia de nuestro Dios a través de la muerte de nuestro Señor Jesús. Honrar a nuestros hermanos de la fe es romper el molde de la crítica, la denostación, el individualismo y el ego.
Aquí entonces hay un mensaje de Dios bien concreto para cada uno de nosotros que nos decimos cristianos. Dios quiere que nos amemos
honrándonos. No habla de un reconocimiento solo de palabras, habla de una práctica que deja un “sabor de boca” muy particular. Un sabor a “filadelfia”, no como el queso, sino al amor fraternal que se vive en familia.
Aprendamos a reconocernos, motivarnos y estimarnos, en el calor y fraternidad que hay en medio de una familia cuyos vínculos son más profundos que la sangre, los vínculos espirituales que son eternos en Cristo Jesús.
José Luis Arellano


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