A todos nos gusta que nos comprendan y nos tengan consideración aunque nosotros mismos sepamos que somos de mecha corta, pero qué diferente es cuando a nosotros nos toca aguantar a otros, quisiéramos no tener que pasar por eso.

Todos conocemos personas que ponen a prueba nuestra paciencia, que preferiríamos no tener que convivir con ellas porque piensan y actúan de una forma muy diferente a como lo haríamos nosotros y nos exaspera, pero a veces son parte de nuestra propia familia o incluso hermanos en la fe que asistimos a la misma iglesia.

Como dice el refrán, “lo que no puedes ver en tu casa lo has de tener”. La palabra soportar tiene dos significados: el primero tiene que ver con sostener algo, como cuando tienes que servir de apoyo y el segundo es aguantar algo que no es de tu agrado, como cuando alguien te carga la mano y te armas de paciencia para no responder de la misma forma.

En los dos casos se trata de hacer un esfuerzo para aguantar algo que quizás no sea de tu agrado. Este fragmento de la Escritura nos manda soportarnos y perdonarnos unos a otros, algo que humanamente no resulta fácil porque aunque somos creyentes en Cristo tendemos a pensar que están abusando de nosotros y no debemos permitirlo.

Se nos olvida que, por gracia, nuestros pecados pasados presentes y futuros ya han sido perdonados por Cristo quien pagó por ellos en la cruz del Calvario.

Jesús nos enseñó a orar al Padre diciendo “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” y, cuando le preguntaron ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano que peque contra mí? contestó, “hasta setenta veces siete.” Y no solo eso sino que también dijo que debemos amar a nuestros enemigos, bendecir y hacer bien a los que nos maltratan y orar por ellos, porque si solamente lo hacemos con aquellos que nos aman ¿Qué recompensa tendremos?

También nos enseñó la regla de oro “hagan a los demás como quieran que ellos hagan con ustedes” Mateo 7.12 Si, se requiere disposición y humildad para soportar y perdonar a los demás, pero eso es lo que nos enseñó nuestro Maestro Jesús. Si nos llamamos discípulos de Cristo, aprendamos de él que se despojó de su majestad para vivir entre nosotros, y viviendo como humano se humilló a si mismo hasta la muerte y una muerte como corresponde a los peores criminales sin haber cometido pecado.

No debería de sorprendernos leer que la gente que lo escuchaba se admiraba de su doctrina, porque enseñaba con autoridad y no como los escribas ¿Cómo no iba a tener autoridad aquel que iba a pagar con su vida nuestra deuda, solo porque nos ama? Así es que, la próxima vez que nos cueste trabajo soportar y perdonar a nuestro hermano, acordémonos de Cristo, ahí encontraremos una razón para tener disposición para hacerlo.

Y sigamos la recomendación que el apóstol Pablo le hizo a los Gálatas, siempre que haya oportunidad hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.

Bendiciones

Alfredo Ortiz García